Una vida de trabajo, guerra, amor y memoria
Memorias de
Juan Alfonso Navarro Muñoz
Un recorrido íntimo por la infancia en Jaén, la Guerra Civil, el amor por María, los hijos, los nietos y el valor de una familia que permanece.
De Villanueva del Arzobispo a la memoria familiar
- 1918Nace en Villanueva del Arzobispo.
- 1936Comienza la guerra y es movilizado.
- 1938Conoce a María en la Cerdanya.
- FamiliaHijos, nietos y una vida de recuerdos.
Prólogo
Escribo estas memorias cuando ya los años pesan sobre mis espaldas y el tiempo ha dejado en mi alma tantas cicatrices como recuerdos.
Muchas veces pensé que mi vida no tenía nada de extraordinario, pues fui un hombre sencillo, hijo de gente humilde, criado entre olivares y necesidades. Pero también comprendí, con el paso de los años, que las vidas humildes son las que sostienen el mundo.
No escribo estas páginas para buscar gloria ni reconocimiento. Las escribo para que los míos sepan de dónde vienen, para que mis hijos y mis nietos conozcan las fatigas, los sufrimientos y también las alegrías de un hombre que procuró vivir con honradez, amor por su familia y respeto hacia los demás.
Capítulo I
Mi niñez en Villanueva del Arzobispo
Nací el día 30 de marzo del año 1918, en Villanueva del Arzobispo, provincia de Jaén, en la calle Isabel I, número 49. Vine al mundo en el seno de una familia humilde y trabajadora, como tantas de aquella España de entonces.
Éramos siete hermanos: tres mujeres y cuatro varones. La mayor era María, y tras ella venían Magdalena, Juan Francisco, Tomás, Leonor, Juan María y, por último, un servidor, Juan Alfonso Navarro Muñoz.
Mis primeros recuerdos son los de una casa sencilla, llena de voces, de trabajo y de sacrificio. En aquellos años no sobraba nada, pero tampoco faltaba el cariño. Mi padre, Juan Antonio Navarro, era hombre recto y trabajador. Mi madre, Leonor Muñoz, fue el alma de nuestra familia.
Cuando cumplí ocho años, mis padres decidieron ingresarme en un convento de frailes situado en las afueras del pueblo, en un lugar llamado la Fuensanta Alta. Aquello suponía para mí abandonar la libertad de los campos y de las calles de mi pueblo para entrar en un mundo de disciplina y silencio.
Estuve internado allí durante tres años. Un día, debido al mal trato de uno de aquellos profesores, tomé una decisión que cambiaría mi vida: me escapé del convento.
Fue así como ingresé en un colegio público de Villanueva del Arzobispo. Allí conocí a Don José, el maestro que más huella dejó en mi vida. Con el tiempo me convertí en su chico de los recados y, a cambio, me permitía quedarme una hora más después de clase para continuar aprendiendo.
Durante la temporada de recogida de la aceituna, mis padres me sacaban de la escuela para ayudar en el campo. El invierno en Jaén era frío y húmedo. Pasábamos largas jornadas entre los olivos, trabajando desde antes de amanecer hasta bien entrada la tarde.
Capítulo II
El comienzo de la guerra
Corría el año 1936 cuando España comenzó a romperse por dentro.
Yo apenas había cumplido los dieciocho años cuando decidí desplazarme desde Villanueva del Arzobispo hasta la capital de Jaén. Allí fui enrolado en el Cuerpo de Carabineros, concretamente en el Batallón Móvil número 21.
Todo era confusión, incertidumbre y miedo. Éramos muchachos jóvenes, muchos casi niños todavía, que de pronto nos vimos vestidos con uniforme y enviados a una guerra que apenas comprendíamos.
Mi primera intervención fue en el frente de Porcuna. Pasamos por Arjona, Arjonilla y Lahiguera. Aquellas tierras andaluzas, que antes habían sido tranquilas y laboriosas, se habían convertido en lugares marcados por el miedo y la muerte.
Una de nuestras tareas consistía en recoger trigo por las noches. Durante el día resultaba imposible debido a los ataques constantes y a las circunstancias del frente.
Más adelante fuimos trasladados a Mancha Real, en Jaén. Fue allí donde juré bandera. Poco después mis padres presentaron una reclamación alegando que yo era menor de edad.
Aquello hizo que me diesen de baja del Batallón 21, pero la guerra no entendía de edades. Al cabo de poco tiempo volvieron a movilizarnos.
Capítulo III
Burriana, la academia y el frente
Nos trasladaron en camiones hacia Castellón, concretamente a Burriana. Durante aquel viaje ocurrió uno de los momentos más dolorosos de toda mi vida.
La caravana hizo una parada para repostar combustible cerca de mi pueblo natal. Pedí permiso para ir a despedirme de mis padres. Mi casa estaba a unos dos kilómetros, así que salí corriendo con toda el alma.
Mi madre me acompañó hasta los camiones. Al arrancar el vehículo me miró con lágrimas en los ojos y pronunció unas palabras que quedaron grabadas para siempre en mi memoria: «Adiós, hijo mío. Te vas… pero no volveré a verte».
En Burriana ingresé en la banda de música gracias a un paisano de Iznatoraf llamado Torafe. Aquello me permitió pasar a la Plana Mayor, donde me encargaba del almacén, la distribución de paquetes y la correspondencia.
Más adelante pedí ingresar en la academia militar. Fui aceptado en Onda y, tras los exámenes, obtuve el número 53 entre quinientos hombres. Fui ascendido a cabo y puesto al mando de una sección de ametralladoras.
Capítulo IV
Teruel, Cataluña y la retirada
Por pertenecer al Batallón Móvil, nos enviaban siempre a los lugares donde más escaseaban las tropas. Así llegamos al frente de Teruel.
El frío era insoportable. Permanecimos allí alrededor de veinte días y finalmente tuvimos que retirarnos. Durante aquella retirada resulté herido en una pierna.
Cuando me recuperé, nos trasladaron hacia Cataluña. Después fuimos enviados a reforzar la frontera con Francia, pasando por Camprodon, Setcases, Bellver de Cerdanya y Ardòvol de Prullans.
Capítulo V
María
En Casa Guillamet conocí a una muchacha hija de la familia. Se llamaba María.
Era una mujer sencilla y valiente, marcada también por los tiempos difíciles que nos tocaron vivir juntos. Yo era joven y llevaba demasiado tiempo rodeado de guerra, miedo y tristeza. Tal vez por eso su presencia iluminó mi vida desde el primer momento.
Nos fuimos conociendo poco a poco y con el tiempo nació entre nosotros un cariño sincero. Acordamos encontrarnos poco antes de Navidad de 1938. Así, entre nieve, oscuridad y miedo, llegamos finalmente a Talltendre de madrugada.
Cuando su madre le preguntó qué pensaba hacer, María respondió sin dudar: «Quedarme con Juan». Aquellas palabras fueron para mí uno de los mayores regalos de toda mi vida.
Capítulo VI
El final de la guerra y el campo de concentración
Nuestra felicidad duró poco. Al cabo de un mes llegó la orden de movilización. Nos trasladaron hacia Bolvir y, durante el trayecto, sufrimos un fuerte bombardeo.
Finalmente cruzamos la frontera hacia Francia. Una vez allí nos llevaron a un campo de concentración llamado Bernet del Ariège. Hombres y mujeres fueron separados.
Lo que más me hacía sufrir era no saber qué sería de María. Gracias a un documento militar que acreditaba que nos habíamos casado en España, permitieron que ella permaneciera conmigo.
Más adelante la trasladaron junto a otras mujeres a un pueblo donde podían trabajar limpiando casas. Cada fin de semana venía a verme al campo y me llevaba comida. Aquel gesto suyo jamás podré olvidarlo.
Capítulo VII
Mis hijos
Después de aquellos años marcados por la guerra, el miedo y la incertidumbre, la vida me concedió uno de sus mayores regalos: formar una familia junto a mi estimada María.
Tuvimos tres hijos maravillosos: Agustí, Honorio y Leonor. Cada uno de ellos trajo a nuestra casa una alegría distinta, una esperanza nueva y una razón más para seguir adelante.
Durante un tiempo vivimos en Ardòvol, aquel lugar que siempre quedó unido a mi historia porque allí conocí a María y allí empezó, de algún modo, la vida que después construiríamos juntos. Más adelante nos fuimos a vivir a Prullans de la Cerdanya, tierra de montañas, silencios y recuerdos, donde continuamos criando a nuestros hijos con el esfuerzo propio de aquellos años.
Finalmente marchamos a Barcelona, buscando para ellos un futuro mejor. Allí procuré darles la mejor vida que supe y pude. No siempre fue fácil. La vida obliga muchas veces a ser firme, y reconozco que en algunos momentos fui duro con ellos. Pero si alguna vez lo fui, nunca fue por falta de cariño, sino por el deseo profundo de protegerlos, educarlos bien y prepararles para una vida que sabía que no siempre sería sencilla.
Con los años, Agustí, Honorio y Leonor se hicieron mayores. Cada uno tomó su propio camino, construyó su vida y formó su familia. Y así, María y yo vimos cómo aquella familia que habíamos levantado con tanto esfuerzo comenzaba a crecer, dándonos muchos momentos de felicidad.
Cada celebración familiar fue para nosotros una muestra de continuidad. Nuestros hijos emprendieron caminos separados, pero en cada nuevo hogar seguía latiendo una parte de nuestra historia.
Capítulo VIII
El abuelo
Muchos años después, cuando la guerra ya había quedado atrás y el tiempo había calmado algunas heridas, llegaron a mi vida nuevas alegrías.
Mis nietos: Daniel, Sonia, Ruth, Patric, Ema, Dídac y Ester.
Aquellos niños devolvieron luz a nuestros últimos años. Sentía que todo el sufrimiento vivido durante la guerra encontraba sentido al contemplar a mis nietos crecer en paz, porque ellos sí pudieron vivir la infancia que nuestra generación perdió.
Capítulo IX
La partida final
Pasaron los años y, casi sin darme cuenta, la vida fue avanzando deprisa, como el agua de un río que nunca se detiene. Atrás quedaron los tiempos duros de juventud, la guerra, el hambre y las largas noches de incertidumbre. Poco a poco llegaron años más tranquilos, años dedicados a la familia, que fueron, sin duda, los más valiosos de toda mi existencia.
Disfrutamos de innumerables Navidades todos juntos. La casa se llenaba de voces, risas y alegría. Recuerdo con especial cariño aquellas noches en las que cantábamos villancicos alrededor de la mesa mientras yo hacía sonar las melodías de mi acordeón. En ocasiones también recitaba algunas de mis rimas y poemas, escritos muchas veces en silencio, guardando recuerdos y sentimientos que había llevado conmigo durante toda la vida.
También recuerdo los veranos en la Cerdanya, tierra que terminó formando parte de mi alma. Pasábamos largas temporadas entre Prullans y Ardòvol, aquellos parajes de montañas y tranquilidad donde comenzó mi historia junto a María.
La vejez fue llegando poco a poco, casi sin avisar. Mi querida María, mi compañera inseparable, aquella mujer valiente que había permanecido a mi lado durante toda una vida, fue apagándose lentamente hasta que un día emprendió sola su último viaje.
Pocos años después enfermé. Entonces comprendí que también se acercaba mi momento. Y lejos de sentir miedo, sentí calma. Había vivido mucho. Había sufrido, amado, trabajado y formado una familia maravillosa.
Pensé entonces en mi querida madre Leonor, en mi padre Juan Antonio, en mis hermanos, en tantos compañeros de guerra y, sobre todo, en mi estimada María. Y pensé también en los que quedaban aquí: mis hijos Agustí, Honorio y Leonor; mis nietos Daniel, Sonia, Ruth, Patric, Ema, Dídac y Ester, junto con todos sus seres queridos.
Y así, cuando llegue el momento de reunirnos de nuevo, volveremos a formar una gran familia… todos juntos otra vez.
La Cerdanya fue más que un paisaje: fue memoria, refugio y raíz familiar.
Epílogo
He vivido tiempos difíciles. Conocí el hambre, el miedo, la guerra, la separación y la incertidumbre. Vi morir a muchos hombres. Escuché llorar a madres. Sentí el dolor de abandonar mi tierra y la tristeza de no saber si volvería a ver a los míos.
Pero también conocí la amistad verdadera, el amor sincero, la bondad de las personas humildes y el valor de la familia.
Si algo deseo que quede de mí cuando ya no esté, no son los cargos militares, ni las batallas, ni los años vividos. Deseo que se recuerde que intenté ser un hombre honrado. Que procuré ayudar a quien lo necesitó. Que amé profundamente a mi familia.
Porque al final, lo único verdaderamente importante que deja un hombre en este mundo es el cariño que sembró en los demás.